Hay herencias que no se pelean en un tribunal ni se reparten frente a un notario. Yo, por ejemplo, soy fiel creyente del dicho: “El que se lleva de consejo, llega a viejo”. Y para muestra, esta vieja que hizo un pacto con sus ancestros.
Heredé el miedo al sereno (ese viento maligno que aprieta el pecho y de paso despeina). Yo no me llevo de Google ni mucho menos de la retórica moderna de nietos que se creen que el “teléfono inteligente” les va a salvar la vida en una isla desierta… Como si fueran a tener señal. Cuando alguno me viene a contradecir mis buenos consejos, les arremeto con la frase: “Más sabe el diablo por viejo, que por iPhone”.
De mi parte, nunca cuestioné a mi mamá cuando me mandaba a cerrar las piernas para que no “cogiera un viento”. Yo siempre miraba el abanico con miedo y respeto reverencial, pensando que el aire, que amenazaba por entrarme al cuerpo, venía de las ruidosas aspas.
En mi época no se caminaba descalzo por el suelo, porque si el frío se entraba por los pies, el dolor de barriga no tardaría en aparecer… Y más tarde, el Vicks.
Hoy día veo a estos muchachos llegar de la calle, sudorosos y acalorados, dirigirse a la nevera. Me interpongo entre su paso y la cocina, y no me dan las gracias por haberles evitado que se pasmaran.
De mi papito recuerdo aconsejar de una manera más práctica a mis hermanos varones. Le decía: “Ni las mujeres ni las herramientas se prestan”.
Esas frases y consejos, entre mito y lógica caribeña, son nuestra manera de transmitir amor, cuidado y sobrevivencia. Yo seguiré heredando mi sabiduría ancestral, pues la fe y la intuición me dicen, que algún día mi nieta le dirá a su hija -por si acaso-: “Cierra las piernas, que agarras un viento”.